Hay una idea de desarrollo que todavía domina buena parte de la política territorial en Colombia: si se construye, se desarrolla. Y sería injusto decir que las obras no producen desarrollo. Una escuela es conocimiento; una carretera conecta productores con mercados; un hospital mejora el acceso a la salud; un acueducto transforma la calidad de vida. La infraestructura física es necesaria. Sin embargo, una región puede tener buenas carreteras, nuevos colegios y grandes edificios públicos y, al mismo tiempo, estar quedándose atrás en aquello que hoy determina la competitividad de los territorios: talento, tecnología, innovación, productividad y capacidad para crear empresas de alto valor. Durante buena parte del siglo XX, construir infraestructura era una de las principales condiciones para desarrollar una región. Hoy sigue siendo importante, pero ya no es suficiente. Una carretera puede conectar un municipio con otro. Una plataforma digital puede conectar a un empresario de ese mismo municipio con clientes en todo el mundo. Un colegio construye el espacio para educar. La tecnología puede permitir que sus estudiantes accedan a conocimiento, profesores y herramientas que antes estaban concentrados en las grandes ciudades. Un hospital amplía su capacidad de atención. La inteligencia artificial, la telemedicina y los datos pueden multiplicar su capacidad. La tecnología no reemplaza la infraestructura: multiplica su valor. Por eso preocupa que todavía midamos buena parte de la gestión pública preguntando cuántos kilómetros de vías se construyeron, cuántos colegios se inauguraron o cuántos parques se entregaron, pero mucho menos preguntando cuántas empresas nuevas nacieron, cuánto talento se formó, cuánta inversión tecnológica llegó o cuánto aumentó la productividad. Y ya tenemos ejemplos en Colombia de hacia dónde está migrando la competencia entre territorios. Bogotá, Medellín y Cali están construyendo algo más que infraestructura Bogotá concentra el 60 % de los proyectos de inversión extranjera directa en software y tecnologías de información que han llegado a Colombia durante los últimos seis años, y el 39 % de los egresados del país en carreras relacionadas con sistemas y software. Eso significa que la capital no solamente está construyendo infraestructura urbana. Está acumulando talento, empresas y capacidades tecnológicas. Medellín ofrece un ejemplo todavía más interesante. La ciudad concentra el 24 % de las empresas colombianas de base científica y tecnológica, según el informe Sciencepreneurs: DeepTech Colombia 2025. La apuesta de Ruta N muestra una lógica diferente: no se trata simplemente de construir edificios, sino de conectar universidades, investigadores, emprendedores, empresas, capital y gobierno para convertir conocimiento en soluciones y negocios. Cali también está dando señales importantes. En 2024 registró 235 startups, un crecimiento del 75 % frente a 2023, y programas como NIDO han acompañado a más de 300 emprendimientos digitales. Son tres ciudades distintas, con problemas distintos, pero con una coincidencia: entendieron que la competitividad del territorio no depende solamente de lo que se construye físicamente, sino también de lo que se puede crear intelectualmente. No solo se trata de dejar de construir colegios. Se trata de preguntarnos qué aprenderán los niños dentro de ellos. No solo se trata de dejar de construir vías. Se trata de preguntarnos qué empresas, productos y servicios circularán por ellas. No solo se trata de dejar de construir hospitales. Se trata de preguntarnos qué tan inteligente será el sistema de salud que funcionará dentro de ellos. La pregunta no debería ser solamente qué obra va a dejar un gobierno, sino qué capacidades va a dejar en el territorio. ¿Cuántos jóvenes mejor preparados? ¿Cuántas empresas nuevas? ¿Cuántos empleos de alto valor? ¿Cuánta inversión? ¿Cuántos investigadores conectados con el sector productivo? ¿Cuántos problemas públicos resueltos con tecnología? ¿Cuánto aumentó la productividad? Ese debería ser parte del nuevo tablero para medir el desarrollo. No estoy planteando abandonar el cemento. Estoy planteando superarlo como única narrativa del progreso. El país necesita infraestructura física. Pero también necesita infraestructura digital, talento, ciencia, innovación y empresas capaces de competir en una economía global. Porque mientras algunos territorios siguen compitiendo por quién inaugura más obras, otros están compitiendo por atraer científicos, startups, inversionistas, empresas tecnológicas y talento. La diferencia puede parecer pequeña hoy. Dentro de diez años puede ser enorme. Por eso necesitamos abrir los ojos. Construyamos colegios, pero también conocimiento. Construyamos vías, pero también productividad. Construyamos hospitales, pero también innovación. Construyamos infraestructura, pero también talento. Porque el verdadero desarrollo no consiste en escoger entre lo físico y lo digital. Consiste en tener la visión para entender que, en el siglo XXI, los territorios competitivos necesitan ambas cosas. Y quienes entiendan esto primero tendrán una ventaja que ninguna placa podrá inaugurar: la capacidad de construir su propio futuro. Candidatos, tomen nota.
La tecnología, el nuevo cemento
José Penso plantea que el progreso de las regiones no puede medirse únicamente por las obras físicas, sino también por su capacidad para generar talento, innovación, empresas y competitividad tecnológica.

