A Verónica Alcocer le están sacando los trapos sucios desde su propio círculo de confianza. Y no es cualquier persona. Es Eva Ferrer, quien estuvo cerca de la entonces primera dama, conoció sus relaciones y ahora la señala en denuncias de una gravedad que no se resuelve con comunicados, desmentidos ni discursos de persecución política. Ferrer ha hablado de presuntos movimientos de millones de dólares procedentes de Venezuela, posibles operaciones relacionadas con drogas y armas, tráfico de influencias y negocios que habrían aprovechado las conexiones con el poder. Son acusaciones gravísimas, algunas de las cuales ya llegaron a manos de la justicia. Por supuesto, tendrán que probarse. Pero tampoco pueden despacharse como simples chismes de dos antiguas amigas que terminaron peleadas. Porque aquí hay algo mucho más serio. Eva Ferrer no era una desconocida que se enteraba de lo que ocurría en la Casa de Nariño por los periódicos. Formó parte del entorno de Verónica Alcocer. Y si ahora sostiene que conoció actuaciones irregulares, tiene la obligación de explicar qué vio, quién participó, cuándo ocurrió y dónde están las pruebas. También tendrá que responder una pregunta elemental: si conocía hechos tan graves, ¿por qué no los denunció antes? ¿Qué cambió para que decidiera hablar ahora? Su cercanía con Alcocer puede darle relevancia a su testimonio, pero no convierte automáticamente sus afirmaciones en verdades judiciales. Y mientras tanto, el nombre de Verónica Alcocer vuelve a quedar asociado a una controversia que golpea directamente la imagen del anterior gobierno de Gustavo Petro. El mismo gobierno que llegó repartiendo certificados de superioridad moral, prometiendo limpiar la política y presentándose como la gran ruptura con las prácticas que durante años condenó. ¡Vaya manera de terminar aquella cruzada por la transparencia! El problema del petrismo no fue solamente la acumulación de escándalos. Fue la distancia entre lo que predicaba y lo que ocurría alrededor de sus principales figuras. Mientras desde los discursos se señalaba a los demás como representantes de una política podrida, el propio gobierno tuvo que enfrentar investigaciones por corrupción, denuncias contra altos funcionarios y cuestionamientos sobre el uso de las instituciones. Y aquí conviene ser precisos. La responsabilidad penal es individual y debe demostrarse. Ni Verónica Alcocer es culpable porque Eva Ferrer la señale, ni Gustavo Petro puede ser responsabilizado judicialmente por el simple hecho de haber sido presidente y esposo de Alcocer. Pero la responsabilidad política tiene otra dimensión: quién permitió determinadas relaciones, qué controles existían y cómo se ejercía realmente la influencia alrededor del poder presidencial. Ese es el asunto que merece una investigación seria. Porque si Eva Ferrer está diciendo la verdad, no estaríamos ante una simple disputa personal, sino ante posibles conductas criminales que exigen identificar responsables y establecer hasta dónde llegaron. Y si está mintiendo, también deberá asumir las consecuencias de lanzar acusaciones de semejante calibre. Lo que no puede ocurrir es que este episodio termine reducido a un espectáculo de insultos, filtraciones y venganzas personales, mientras las denuncias permanecen sin esclarecerse. El petrismo hizo de la superioridad moral una bandera política. Por eso sus contradicciones resultan especialmente costosas. No se puede pasar años acusando a medio país de corrupto y después exigir silencio, paciencia o indulgencia cuando los señalamientos aparecen en el propio entorno. La justicia tendrá que establecer qué hizo o dejó de hacer Verónica Alcocer. Eva Ferrer tendrá que demostrar lo que denuncia. Y el país tiene derecho a conocer si la cercanía con el poder presidencial fue utilizada para obtener beneficios indebidos. Porque los escándalos no se aclaran atacando al denunciante ni defendiendo ciegamente al denunciado. Se aclaran con pruebas, investigaciones y decisiones judiciales. Y si algo dejó al descubierto el paso del petrismo por el poder es que proclamarse moralmente superior no vuelve honrado a nadie. La honestidad no se demuestra en los discursos. Se demuestra cuando toca rendir cuentas. Y es que en política, nada es casualidad.

Compartir artículo

FacebookXWhatsAppThreadsCorreo