¿Con qué autoridad política pretende Gustavo Petro gobernar Barranquilla, si durante cuatro años como presidente de Colombia no pudo demostrar resultados contundentes para esta ciudad? ¿Qué viene a ofrecer ahora que no pudo cumplir cuando tenía a su disposición el poder y los recursos del Gobierno Nacional? La posibilidad de que Petro sea candidato a la Alcaldía de Barranquilla en 2027 ha comenzado a circular en sectores políticos, promovida por un senador acaba ropa y desubicado de la bancada petrista. Se trataría de una estrategia del Pacto Histórico para recuperar poder territorial y preparar las elecciones presidenciales de 2030. Aunque todavía no existe una candidatura confirmada, la sola posibilidad merece un examen serio, porque Petro tendría que responder por lo que hizo y, especialmente, por lo que dejó de hacer. El 29 de mayo de 2026 llegó a la Plaza de la Paz para despedirse de Barranquilla como presidente, paradójicamente sin dejar una sola obra de importancia para la ciudad. Barranquilla no le debe nada a Petro y se ha desarrollado no por él, sino a pesar de su nefasto gobierno y la sed de venganza y profundo odio contra quienes hoy manejan el poder local. Y las cifras ayudan a entender semejante cuestionamiento. En 2024, el Atlántico tenía presupuestados cerca de 3,2 billones de pesos de inversión nacional. Sin embargo, la ejecución alcanzó aproximadamente 1,6 billones. ¡Apenas el 49 %! Es una cifra correspondiente a ese año, pero suficientemente grave para exigir explicaciones. Petro también aseguró que en Barranquilla no lo habían dejado construir universidades. Sin embargo, su propio Gobierno respaldó la sede de la Universidad del Atlántico en Soledad, una obra que quedó inconclusa durante su mandato. En octubre de 2026, el proyecto registraba un avance cercano al 50 %. Entonces, ¿quién debe responder por los retrasos y las promesas incumplidas? Pero hay un antecedente todavía más preocupante. Petro ya gobernó Bogotá entre 2012 y 2015. Según la Veeduría Distrital, de 39 billones de pesos disponibles para inversión directa en 56 metas examinadas, ejecutó 26 billones. Es decir, el 67 %. A eso se sumaron los problemas de infraestructura, movilidad y la recordada crisis de las basuras de diciembre de 2012. Su administración tuvo algunos resultados sociales, pero también dejó serios cuestionamientos sobre su capacidad de ejecución. Petro ha demostrado una enorme habilidad para cuestionar gobiernos, atacar adversarios y ofrecer transformaciones. Pero sus antecedentes administrativos obligan a preguntarse si tiene la misma capacidad para ejecutar lo que promete. Y ahora podría entrar en una disputa política en Barranquilla, una ciudad que desde 2008 ha experimentado importantes transformaciones urbanas, económicas y de infraestructura. La pobreza monetaria bajó del 29,7 % en 2024 al 23,4 % en 2025. Y en mayo de 2026, Fitch Ratings le otorgó la máxima calificación crediticia nacional: AAA. Barranquilla conserva problemas graves de inseguridad, endeudamiento y desigualdad. Nadie puede negarlo. Pero tampoco se puede desconocer su transformación ni los resultados de las administraciones que han gobernado la ciudad durante los últimos años. Y aquí aparece la verdadera contradicción. Petro cuestionó durante años el modelo de ciudad impulsado por las administraciones locales. Ahora podría pretender que los barranquilleros le entreguen precisamente la administración de esa ciudad. ¿Para mejorar lo construido o para imponer un modelo político que no logró consolidar durante su paso por Bogotá? Además, tendría que acreditar que cumple los requisitos legales de nacimiento o residencia para aspirar a la Alcaldía de Barranquilla. Pero el problema de fondo no es solamente jurídico. Es político y administrativo. Barranquilla no puede convertirse en el premio de consolación de un expresidente ni en un instrumento electoral para que el Pacto Histórico prepare su regreso al poder en 2030. Si Petro quiere gobernar esta ciudad, primero debe explicar por qué no hizo más por ella cuando tuvo la Presidencia, responder por las inversiones pendientes y demostrar qué aprendió de los problemas de su administración en Bogotá. Porque Barranquilla necesita un alcalde que resuelva sus problemas, no un expresidente que pretenda utilizarla para prolongar su carrera política. Y los barranquilleros tienen todo el derecho a preguntarse por qué deberían confiarle la Alcaldía a quien, teniendo el poder de la Presidencia, no consiguió demostrar lo que podía hacer por la ciudad. Y es que en política, nada es casualidad.

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