Gustavo Petro perdió a la clase media porque cometió un error imperdonable. Confundió las aspiraciones de millones de colombianos con egoísmo, sus valores con atraso y sus preocupaciones con privilegios. ¡Y todavía tiene el descaro de culparlos por no respaldar al progresismo! Según su interpretación, la clase media cayó en la trampa neoliberal de querer tener carro, apartamento y educación para sus hijos. ¡Qué arrogancia! Como si trabajar durante veinte años para comprar una vivienda fuera un pecado ideológico. Como si querer progresar fuera una vergüenza. Petro entendió en 2022 que para ganar necesitaba conquistar a quienes no eran de izquierda. Les prometió mejorar sus ingresos y sus condiciones de vida. Aumentó el salario mínimo y amplió subsidios. Pero mientras entregaba beneficios por un lado, su gobierno debilitaba oportunidades por el otro. En salud, convirtió la reforma en una guerra ideológica contra las EPS, mientras miles de pacientes sufrían para conseguir medicamentos y citas médicas. En educación, los recortes a los apoyos del Icetex golpearon a familias que dependían del crédito para enviar a sus hijos a la universidad. Y con los cambios a Mi Casa Ya, el sueño de tener vivienda propia se alejó para numerosos hogares. ¡Pero todavía faltaba cobrarles más! En el Caribe, donde las tarifas de energía ya son un verdadero tormento, su gobierno anunció un recargo para los estratos 4, 5 y 6 destinado a enfrentar la crisis financiera de Air-e. Y a eso se sumó la controversia por la valorización de la vía Barranquilla-Cartagena, otro cobro que amenazaba el presupuesto de numerosas familias. ¡Para Petro, tener casa, carro o recibir una factura de energía de estrato cuatro parecía suficiente para convertir a cualquier colombiano en un privilegiado al que había que seguir cobrándole! Pero el divorcio con la clase media también fue moral. Miles de colombianos respaldaron sus propuestas económicas sin compartir sus posiciones ideológicas. Familias católicas, evangélicas y conservadoras que terminaron sintiéndose despreciadas por un discurso político que con frecuencia trataba sus valores tradicionales como señales de atraso. También creció el temor a que Colombia siguiera los pasos de Venezuela. Las confrontaciones con las instituciones, los cuestionamientos a los controles democráticos y la incertidumbre política despertaron una preocupación comprensible entre quienes habían trabajado toda su vida para construir un patrimonio. Y los escándalos de corrupción terminaron de destruir buena parte de la confianza. El gobierno que prometió acabar con las viejas prácticas políticas acabó respondiendo por graves investigaciones dentro de su propio entorno. Petro parece no comprender que la clase media no vive de discursos ideológicos. Vive de su trabajo, paga impuestos, cuotas bancarias, servicios públicos y matrículas. No está pidiendo que el Estado le regale una fortuna. Está pidiendo que no le complique todavía más la vida. La clase media no rechazó la justicia social. Rechazó que, en nombre de la justicia social, terminaran castigando su esfuerzo, sus aspiraciones y sus valores. Petro creyó que podía conquistar a esos colombianos mejorando algunos ingresos, mientras debilitaba servicios, encarecía oportunidades y despreciaba sus convicciones. Y cuando dejaron de respaldarlo, en lugar de reconocer sus errores, decidió cuestionar sus aspiraciones. La clase media no dejó de querer progresar. Se cansó de un progresismo que parecía empeñado en hacerle más difícil el progreso. Y es que en política, nada es casualidad.

Compartir artículo

FacebookXWhatsAppThreadsCorreo