Gustavo Petro convirtió el sombrero de un guerrillero en símbolo de paz. Pero hay algo que el petrismo parece empeñado en olvidar: antes de firmar la paz, Carlos Pizarro comandó una organización que secuestraba, mataba y utilizaba el terror como instrumento político. Y mientras al sombrero le hicieron un homenaje en la Casa de Nariño, de Juan de Dios Hidalgo, un escolta asesinado durante un secuestro del M-19, casi nadie se acuerda. El 29 de mayo de 1988, un comando del M-19 secuestró en Bogotá al dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado. Durante el ataque asesinó a uno de sus escoltas, Juan de Dios Hidalgo, quien, según relatos publicados, estaba reemplazando a un compañero de trabajo. Gómez permaneció secuestrado durante 53 días. Su libertad se convirtió en una herramienta de presión para obligar al Gobierno a negociar. ¿Y quién comandaba el M-19? Carlos Pizarro. No estamos hablando de un guerrillero cualquiera. Pizarro era el máximo jefe de esa organización desde 1986 y distintas fuentes históricas le atribuyen participación en la decisión de secuestrar a Gómez Hurtado. Y tampoco podemos olvidar el Palacio de Justicia. En noviembre de 1985, el M-19 se tomó a sangre y fuego el edificio donde funcionaban las altas cortes. Hubo magistrados asesinados, civiles muertos y una tragedia nacional agravada por los crímenes cometidos durante la retoma militar. Pizarro no dirigió personalmente aquella operación, pero pertenecía a la cúpula guerrillera. Su responsabilidad concreta en la planeación sigue siendo materia de controversia histórica. Ahora viene lo verdaderamente revelador. En 1990, Carlos Pizarro firmó la paz, entregó las armas y decidió participar en la democracia. Fue una decisión importante que merece reconocimiento. Semanas después fue asesinado mientras viajaba en un avión hacia Barranquilla. Un crimen repudiable que también comprometió la responsabilidad de agentes del Estado. Pero haber firmado la paz no borra lo que hizo la organización que comandaba. Y aquí es donde aparece la enorme contradicción del petrismo. El 18 de junio de 2024, Gustavo Petro llevó el sombrero de Pizarro a la Casa de Nariño y lo presentó como símbolo de paz. El Gobierno incluso impulsó su reconocimiento patrimonial. Es decir, un objeto personal del antiguo comandante guerrillero recibió una ceremonia de Estado. ¿Y las víctimas de aquella guerrilla? ¿Dónde quedaron? ¿Quién recuerda a Juan de Dios Hidalgo? ¿Quién les explica a sus familiares por qué el Estado encuentra motivos para homenajear al comandante, mientras el escolta asesinado no ocupa un lugar comparable en ese relato oficial? No se trata de negar que Pizarro firmó la paz. Se trata de rechazar que su desmovilización termine sirviendo para maquillar el pasado violento del M-19. Porque una cosa es reconocer a quien abandona las armas y otra muy distinta es convertirlo en una figura casi intocable, como si su historia hubiera comenzado el día de la desmovilización. Y eso fue precisamente lo que hizo tan cuestionable el homenaje de Petro. El problema no era simplemente un sombrero. Era la decisión política de elevar a símbolo nacional un objeto de uno de los hombres más representativos de una guerrilla que dejó víctimas, secuestros y profundas heridas en Colombia. Al petrismo le fascina recordar al Pizarro que firmó la paz, pero le incomoda hablar del M-19 que secuestró a Álvaro Gómez Hurtado y asesinó a Juan de Dios Hidalgo. Para el comandante hubo ceremonia, reconocimiento y símbolo. Para el escolta, apenas un nombre perdido entre las páginas de la historia. Y esa es una manera profundamente injusta de construir memoria. Porque la paz no convierte automáticamente a los antiguos victimarios en héroes. Mucho menos les concede el derecho de ocupar todo el espacio mientras sus víctimas quedan relegadas al olvido. Un sombrero no puede pesar más que una vida humana. Y ninguna firma de paz tiene el poder de borrar un asesinato. El petrismo podrá rendirle todos los homenajes que quiera a Carlos Pizarro, pero Colombia tiene derecho a recordar su historia completa, no solamente la parte que le conviene a Gustavo Petro. Y es que en política, nada es casualidad.

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