Aunque todavía falta un año para las elecciones regionales de 2027, la carrera por la Gobernación y Alcaldías en el Atlántico comienza a tomar forma. En ya muy pocos días – quizá horas- deberán producirse en todo el país las renuncias de quienes aún estén en cargos públicos y decidan aspirar. Los aspirantes se mueven, las estructuras políticas hacen sus cálculos y la opinión empezará a ofrecer pistas sobre lo que podría suceder. Pero hay una pregunta que, por ahora, nadie puede responder con certeza: ¿por quienes votarán los atlanticenses? Por razones de ética profesional no mencionaré nombres, pero resulta evidente que comienzan a perfilarse distintas apuestas políticas. Algunos intentarán proyectarse como la oposición, otros apelarán a su experiencia, habrá quienes defiendan la continuidad, quienes busquen capitalizar su afinidad con el Gobierno nacional y, por supuesto, quienes pretendan encarnar el siempre atractivo discurso del cambio. Cada uno tendrá argumentos para defender su aspiración. El problema es que una cosa es lo que un candidato quiere representar y otra, muy distinta, lo que los ciudadanos están dispuestos a creer. Porque las elecciones no se ganan necesariamente con el discurso que más le gusta al candidato, sino con aquel que logra interpretar lo que la gente piensa, siente y espera. Estudios preliminares que he tenido oportunidad de realizar en el departamento ofrecen algunas señales. Los atlanticenses reclaman, fundamentalmente, mayor seguridad, oportunidades de empleo y mejores servicios públicos. Son demandas que atraviesan buena parte del departamento, aunque adoptan diferentes matices en Barranquilla, Soledad, Malambo, Sabanalarga o los municipios del sur. El Atlántico no es un territorio homogéneo. Cada municipio tiene sus propias necesidades, expectativas y frustraciones. Incluso dentro de un mismo municipio las realidades pueden ser profundamente diferentes. No es lo mismo hablarle a un joven que busca su primera oportunidad laboral que a una madre preocupada por la inseguridad de su barrio o a una familia que lleva años esperando un servicio público digno. Una campaña que pretenda conquistar el departamento con un único discurso corre el riesgo de no conectar verdaderamente con nadie. En algunos lugares lo que se percibe es algo más profundo: una preocupante sensación de desesperanza. Algunos alcaldes no han dado la talla. Y allí la tarea de quien aspire a gobernar no puede limitarse a prometer obras. También tendrá que devolverle a la gente la ilusión de que las cosas pueden mejorar. Porque cuando una comunidad deja de creer en sus dirigentes, recuperar la esperanza puede ser tan importante como ofrecer soluciones concretas. Pero quiero detenerme en un asunto que considero determinante para la próxima contienda electoral: la conexión con la gente. En política, las propuestas importan, la experiencia cuenta y las estructuras electorales pesan. Sin embargo, ninguna de esas condiciones sustituye la capacidad de un candidato para generar confianza, despertar simpatía y conectar emocionalmente con los ciudadanos. Y no hablo simplemente de ser simpático, de abrazar personas o de tener facilidad de palabra. Hablo de esa capacidad, difícil de explicar y todavía más difícil de construir, de lograr que alguien sienta que un candidato lo entiende, lo representa y merece su confianza. Seamos claros: quien no marque en las encuestas tendrá muy difícil llegar, por poderosos que sean sus respaldos políticos. De hecho lo primero que suelen examinar las propias estructuras antes de comprometer su apoyo es precisamente eso: cuánto marca el aspirante, qué nivel de reconocimiento tiene y cuáles son sus posibilidades reales de crecimiento. Sería ingenuo desconocer el peso de las maquinarias políticas en una elección regional. Las estructuras organizan, movilizan, suman apoyos y tienen una enorme capacidad de incidencia territorial. Pero una cosa es aportar votos a una candidatura competitiva y otra muy distinta pretender fabricar competitividad donde no existe. Las estructuras pueden potenciar un liderazgo, pero difícilmente reemplazarlo. Y los dirigentes políticos, que suelen ser mucho más pragmáticos de lo que aparentan, saben distinguir entre un aspirante con posibilidades reales y otro que simplemente tiene ganas de ser candidato. Y aquí aparece uno de los mayores desafíos de cualquier campaña: el carisma no se decreta, ni se construye fácilmente. Hay candidatos que conectan de manera natural con la gente, mientras otros, por mucho que se esfuercen, no logran transmitir cercanía. No se trata necesariamente de ser extrovertido o carismático en el sentido tradicional, sino de proyectar autenticidad, empatía, liderazgo y credibilidad. Quien dejó de contestar el teléfono, de escuchar o de mirar a los ojos a la gente tendrá ahora la difícil tarea de recuperar una confianza que quizás dio por descontada. Porque la confianza política puede tardar años en construirse y perderse en muy poco tiempo. Y aunque los ciudadanos puedan olvidar algunas promesas, difícilmente olvidan cómo los hicieron sentir. A los políticos se les olvida fácilmente que el tiempo siempre pasa, y las elecciones llegan. Las redes sociales pueden amplificar una imagen, mejorar el reconocimiento y proyectar cercanía, pero tienen límites cuando se pretende fabricar artificialmente un liderazgo. Por cierto, casi que se han convertido en un libreto: fotografías de los candidatos abrazando gente, videos “espontáneos” aunque cuidadosamente producidos, sonrisas forzadas frente a las cámaras, que no necesariamente construyen una relación auténtica. Hoy es relativamente fácil construir una narrativa digital alrededor de cualquier aspirante. Con recursos suficientes se pueden producir contenidos atractivos, multiplicar apariciones y generar la impresión de una popularidad creciente. Pero conviene recordar que una cosa son los seguidores, otra las interacciones y otra muy distinta los votos. Y que la popularidad en las pantallas no siempre se traduce en respaldo en las urnas. La gente observa, compara, recuerda y, aunque algunos parezcan olvidarlo, no “come cuento” tan fácilmente. La autenticidad termina siendo sometida a prueba en la calle, en las conversaciones cotidianas y, finalmente, en las urnas. Por eso creo que la próxima elección no se resolverá únicamente entre continuidad y cambio, experiencia y renovación, oficialismo y oposición. También será una competencia entre quienes logren interpretar genuinamente al ciudadano que quiere conquistar. Nada está ganado. Ni los respaldos políticos garantizan victorias, ni el reconocimiento equivale necesariamente a intención de voto, ni una ventaja temprana asegura el resultado final. Tampoco debe descartarse a quienes hoy aparecen rezagados, porque las campañas son procesos dinámicos y el liderazgo político puede crecer cuando encuentra un mensaje, una oportunidad y una conexión real con el electorado. La competencia apenas comienza y, como ocurre en toda elección, el panorama se irá decantando a medida que los aspirantes se sometan al verdadero examen de la opinión pública. Algunos crecerán, otros se estancarán y seguramente habrá quienes terminen comprendiendo que una aspiración personal no siempre se convierte en una candidatura viable. La tarea no será fácil. Habrá que recorrer el territorio, escuchar más de lo que se habla, construir confianza y demostrar que detrás de cada aspiración existe algo más que una ambición personal. Y, sobre todo, entender que son los candidatos quienes tienen la responsabilidad de ganarse el entusiasmo de la gente; porque una cosa es querer ser gobernador o alcalde, y otra muy distinta conseguir que la gente quiera que uno lo sea. Por ahora, lo único cierto es que los patos están decidiendo tirarse al agua.

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