Por tradición, los primeros balances de un nuevo gobierno suelen hacerse al cumplir cien días. Es una convención que viene de lejos y que pretende conceder al gobernante un tiempo razonable para instalarse, tomar decisiones y comenzar a mostrar resultados.
Abelardo De la Espriella apenas va por la mitad de ese plazo.
Cincuenta días son pocos para evaluar un gobierno, pero quizás suficientes para comenzar a evaluar cómo ese gobierno quiere ser contado.
Y allí hay bastante que analizar.
Existe una vieja máxima de la comunicación política que siempre he compartido: comunicar es gobernar. No porque la comunicación pueda sustituir a la gestión, sino porque gobernar también implica explicar, interpretar y darle sentido a lo que se hace.
En sus primeros 50 días, De la Espriella parece haberlo entendido.
El primer elemento es evidente: el principal comunicador del Gobierno es el propio presidente.
De la Espriella habla a cámara, utiliza intensamente las redes sociales, anuncia decisiones y presenta resultados. No delega completamente el relato de su gestión en ministros, portavoces o comunicados institucionales.
Es un contraste interesante con estilos presidenciales como el de Iván Duque, cuya comunicación, aun cuando tuvo una alta exposición personal, conservaba una factura mucho más institucional y convencional.
De la Espriella parece entender mejor una característica de nuestro tiempo: hoy las personas conectan más fácilmente con personas que con instituciones.
Por eso su comunicación es cercana, directa y, sobre todo, multicanal.
La plaza pública ya no es una plaza. Está simultáneamente en X, Instagram, TikTok, Facebook, YouTube, los medios tradicionales y los grupos de WhatsApp. Y gobernar comunicando supone estar presente en esos espacios y adaptar el mensaje a sus lenguajes.
Pero quizá el aspecto más interesante de estos primeros 50 días sea la insistencia en comunicar resultados.
Capturas, extradiciones, operaciones, decretos, decisiones, viajes, cifras. El propio presidente ha presentado balances acumulados de su gestión. Pareciera existir una deliberada maratón de victorias tempranas.
En gestión se habla de los quick wins: resultados iniciales, concretos y visibles que ayudan a demostrar que una nueva administración comenzó a ejecutar. De la Espriella parece haber convertido ese concepto gerencial en una estrategia de comunicación.
No espera los tradicionales cien días para presentar un gran balance. Va construyendo pequeños balances prácticamente cada semana.
El resultado comunicacional es importante: produce percepción de gestión.
Ahora bien, percepción de gestión y resultados extraordinarios no son necesariamente lo mismo. Corresponderá al análisis de las políticas públicas determinar cuánto de esas cifras representa un cambio sustancial frente a gobiernos anteriores y cuánto corresponde al funcionamiento ordinario del Estado.
Pero, desde el punto de vista comunicacional, hay una lección: lo que no se comunica difícilmente puede convertirse en percepción ciudadana de gestión.
Otro aspecto que me resulta particularmente interesante es la continuidad de los símbolos de campaña.
“Firmes por la Patria” no desapareció con las elecciones. Tampoco lo hizo todo el universo narrativo construido alrededor de conceptos como patria, firmeza, autoridad y, especialmente, “Patria Milagro”.
Desde el branding político tiene sentido.
Cuando una campaña logra posicionar símbolos, palabras y códigos reconocibles, abandonarlos al llegar al gobierno significa desperdiciar parte del capital de marca construido durante meses.
El reto consiste en transformarlos.
“Firmes por la Patria” ya no puede significar simplemente “elíjanme”. Ahora debe significar “esto es lo que estamos haciendo”.
Así se construye continuidad entre campaña y gobierno: el candidato que prometía intenta convertirse narrativamente en el presidente que cumple.
Aquí aparece, sin embargo, el desafío de fondo.
Una estrategia de comunicación eficaz puede instalar una percepción, pero no puede sostener indefinidamente una realidad que no exista.
La diferencia entre comunicación de gobierno y propaganda termina estando precisamente allí: en la correspondencia entre relato, resultados y realidad.
Los quick wins sirven para marcar ritmo; las redes permiten amplificarlos; los símbolos construyen identidad y la exposición permanente del presidente acerca el gobierno al ciudadano. Pero, con el paso del tiempo, las pequeñas victorias tendrán que convertirse en resultados sostenibles y verificables.
Una comunicación centralizada tiene sus propios riesgos. Los gobiernos pueden establecer reglas para coordinar las intervenciones públicas de sus funcionarios, una estrategia que garantiza disciplina y coherencia del mensaje, pero que también puede limitar el acceso de los medios y la autonomía comunicacional de las entidades.
La coherencia es una virtud. El excesivo control puede convertirse en una debilidad.
Cuando lleguen los tradicionales cien días habrá mejores elementos para evaluar la gestión de Abelardo De la Espriella.
Por ahora han transcurrido apenas 50.
Pero, desde la comunicación, ya es posible identificar un modelo: un presidente que comunica personalmente, un gobierno que privilegia las redes y los formatos digitales, una narrativa que conserva los símbolos de campaña y una estrategia obsesionada con convertir cada resultado en una pequeña victoria comunicacional.
Abelardo parece haber comprendido que en la política contemporánea no basta con producir resultados. Hay que convertirlos en historias comprensibles, repetibles y compartibles.
Y quizá esa sea la principal lección comunicacional de estos primeros 50 días.
La gestión produce hechos.
La comunicación les otorga significado.
Una no sustituye a la otra. Un gobierno sostenido exclusivamente sobre comunicación termina chocando con la realidad; pero un gobierno que gestiona y no consigue explicar lo que hace puede terminar siendo juzgado como si nunca hubiera hecho nada.
Por eso, comunicar no es simplemente promocionar un gobierno. Comunicar también es gobernar.
Y, por lo pronto, Abelardo ha decidido gobernar comunicando. Y lo está haciendo bien.

