Si algún alcalde o gobernador estaba esperando la plata del Gobierno Nacional para convertir el presupuesto público en caja menor, debería empezar a preocuparse. El mensaje que Abelardo De La Espriella le lanzó a Yahir Acuña en Sincelejo no iba dirigido solamente a Acuña. Iba dirigido a todos. “Esta plata la voy a cuidar”. Y fue todavía más lejos: “Bajo ninguna circunstancia voy a dejar que usted ponga las manos sobre esa plata”. No fue una frase de tarima. Fue una advertencia política. De La Espriella tiene a Yahir Acuña bajo la lupa por razones concretas. En 2025 apareció un video en el que el alcalde de Sincelejo presuntamente explicaba, con una tranquilidad estremecedora, cómo funcionaba el negocio alrededor de los recursos del Programa de Alimentación Escolar. La grabación provocó una indagación de la Procuraduría por posibles actos de corrupción relacionados con el PAE. Y el propio presidente volvió sobre ese episodio. En X escribió que “se acabó la política de siempre” y sentenció que los recursos públicos son sagrados. Pero el asunto va mucho más allá de Sincelejo. De La Espriella está intentando establecer una regla desde el comienzo de su gobierno: recibir recursos de la Nación no será recibir un cheque en blanco. Alcaldes y gobernadores podrán pedir plata para carreteras, colegios, hospitales, acueductos y programas sociales, pero deberán explicar qué hicieron con cada peso. Esa ofensiva también explica la llegada de Cristina Lombana a la Secretaría de Transparencia. El presidente le encargó estructurar un bloque de búsqueda contra la corrupción. Si eso se convierte en investigaciones, controles, seguimiento contractual y resultados judiciales, no estaremos hablando simplemente de un discurso presidencial. Estaremos frente a un cambio en la relación entre la Casa de Nariño y los poderes regionales. Porque durante demasiado tiempo en Colombia algunos han tratado el presupuesto público como botín: contratos para los amigos, nóminas para alimentar estructuras políticas, sobrecostos, comisiones y fortunas privadas que misteriosamente crecen mientras los municipios siguen igual de pobres. Esa es la verdadera dimensión del mensaje a Yahir Acuña: no importa cuánto poder electoral tenga un alcalde, cuántos votos controle o cuántos amigos posea. La plata pública no le pertenece. Y aquí viene la prueba de fuego para De La Espriella. Perseguir la corrupción resulta sencillo cuando el señalado está enfrente. Lo difícil será aplicar exactamente la misma vara cuando el cuestionado sea aliado, amigo, financiador o miembro de su propio gobierno. Si lo hace, habrá construido una política anticorrupción. Si no lo hace, habrá construido otro discurso. Pero si cumple lo que está prometiendo, a más de un cacique regional se le acabó el negocio, se le acabó la caja menor y, sobre todo, se le acabó la guachafita con la plata de los colombianos. Porque gobernar no consiste solamente en conseguir recursos. Consiste en impedir que alguien se los robe.

Compartir artículo

FacebookXWhatsAppThreadsCorreo