Air-e no es solamente una empresa en problemas. Es el retrato de un modelo que lleva demasiado tiempo fallándole al Caribe. Cambian los administradores, cambian las promesas, cambian los discursos. Lo que no cambia es el usuario pagando la cuenta de un servicio caro y malo.
La intervención estatal llegó con la promesa de poner orden. Pero el tiempo pasa y la solución definitiva no aparece. Las deudas crecen, las pérdidas siguen siendo enormes y el futuro de la compañía continúa rodeado de incertidumbre. Entonces, ¿para qué la intervinieron?
El ciudadano no vive de balances financieros ni de comunicados. Vive de lo que ocurre cuando prende un abanico, un aire acondicionado, una nevera o el refrigerador de una tienda. La energía no es un lujo en el Caribe. Es una necesidad básica.
Y ahí está una de las grandes contradicciones: se le exige al usuario pagar puntualmente, pero el debate sobre la calidad del servicio parece no tener la misma urgencia. La factura llega puntual. La solución, no.
Air-e enfrenta además pérdidas de energía superiores al 30 %. Eso significa que una parte enorme de la energía que entra al sistema no termina convirtiéndose en ingresos. El problema es conocido desde hace años. Pero… ¿por qué todavía no ha sido resuelto?
También hay que hablar de la cartera. Miles de millones de pesos están pendientes de recaudo. Pero reducir toda la crisis a los usuarios que no pagan sería demasiado fácil. Hay fraude, sí. Hay morosidad, sí. Pero también existen pérdidas técnicas, infraestructura que necesita inversión y decisiones administrativas que deben ser examinadas.
Seis interventores en dos años debería ser motivo suficiente para preguntarse si existe realmente una hoja de ruta estable. Una empresa que necesita recuperar la confianza difícilmente puede hacerlo mientras el que maneja el barco llega por política y se va porque no da con el clavo.
El Caribe ya vivió la historia con Electricaribe. Se habló de soluciones definitivas. Se habló de nuevos operadores. Se habló de inversiones. Y, sin embargo, seguimos hablando de tarifas, pérdidas, cartera y calidad del servicio. El cuento del gallo capón.
El nombre cambió. El problema no desapareció.
Lo que no puede ocurrir ahora es que Air-e termine convertida en otro agujero financiero que posteriormente tenga que tapar el Estado. Si se requieren recursos públicos, que se explique cuánto, para qué y bajo qué condiciones. En campaña De La Espriella habló de rodearse de expertos para bajar urgentemente las tarifas. El dinero de los colombianos no puede convertirse en un cheque en blanco.
Tampoco puede pretenderse que el ciudadano sea siempre quien cargue con la crisis. El usuario no puede ser el cajero automático de un sistema lleno de problemas estructurales. No se puede exigir eficiencia al ciudadano mientras las instituciones siguen administrando la incertidumbre.
El Caribe merece una respuesta definitiva. No otra mesa técnica. No otro comunicado. No otro cambio de funcionario. Una solución. Después de tantos años, tenemos derecho a saber quién va a garantizar el futuro de su servicio y cuánto más tendrán que pagar por errores que no cometieron.
Air-e puede tener problemas financieros, administrativos y operativos. Pero hay un problema todavía más grande: la paciencia del Caribe se acabó.

