La izquierda latinoamericana parece tener una explicación para cada derrota electoral, excepto una: que la gente simplemente haya dejado de votar por ella. Que se haya cansado de los discursos polarizantes, las promesas incumplidas, la falta de ejecución y que hayan terminado envueltos en vergonzosos escándalos de corrupción, justo después de haber criticado dichas conductas en gobiernos de derecha. Para la izquierda latinoamericana, Si pierde una elección, aparece automáticamente el nombre de Israel. Si vuelve a perder, Estados Unidos. Después serán los algoritmos, las noticias falsas, la extrema derecha, los empresarios o cualquier poder oscuro disponible. Siempre aparece un culpable externo y casi nunca una pregunta elemental: ¿qué hicimos nosotros para que millones de ciudadanos prefirieran votar por otro? Eso es precisamente lo que debería preguntarse Lula después de la primera vuelta en Brasil. Flávio Bolsonaro obtuvo 47,03%, más de 56 millones de votos. Lula quedó en 45,16%, con casi 54 millones. Más de dos millones de votos de diferencia. Y el mapa resulta todavía más incómodo. Bolsonaro construyó una enorme ventaja en el Sur y el Sudeste, ganó estados fundamentales y consiguió avanzar incluso donde históricamente el lulismo había sido mucho más fuerte. Lula mantuvo su fortaleza en el Nordeste, pero ya no le alcanzó. Eso no parece una derrota fabricada desde Tel Aviv. Parece una derrota construida dentro de Brasil. Los números no mienten y los datos atropellan el relato: Comparado con 2022, Lula redujo su porcentaje en 25 de los 27 estados brasileños. Perdió aproximadamente 3,38 millones de votos. En el Sudeste perdió alrededor de 1,8 millones, en el Sur, su votación absoluta cayó aproximadamente 15,1 %, incluso en el Nordeste, su gran fortaleza electoral, redujo su porcentaje en los nueve estados. Había señales de sobra. El Gobierno llegó a las urnas con mayor evaluación negativa que positiva y con cerca de la mitad de los brasileños desaprobando personalmente a Lula. Aunque Brasil mostraba buenos indicadores macroeconómicos, millones de familias seguían sintiendo la presión del costo de vida y del endeudamiento. Cerca del 82% de los hogares tenía algún tipo de deuda. Al mismo tiempo, Bolsonaro encontró una enorme fortaleza entre los evangélicos, sectores medios, votantes conservadores y regiones económicamente poderosas. Es decir, la explicación estaba en las encuestas, en los hogares y finalmente apareció en las urnas. ¿Hubo noticias falsas, deepfakes y manipulación digital? Sí. Eso debe investigarse y castigarse cuando corresponda. Pero una cosa es demostrar que circuló desinformación y otra completamente distinta afirmar que Israel decidió una elección brasileña. Para sostener algo semejante habría que probar quién ejecutó la operación, cómo funcionó, cuál fue su alcance y qué efecto electoral produjo. Hasta ahora esa cadena de evidencia no existe públicamente. Incluso el Tribunal Superior Electoral informó durante la jornada que no tenía indicios concretos de interferencia extranjera. Una sospecha no se convierte en prueba porque resulte políticamente conveniente. Y hay algo todavía más grande ocurriendo. América Latina está cambiando políticamente. Chile, Argentina, Ecuador, Bolivia, Perú y Colombia, con circunstancias muy distintas, han mostrado desplazamientos, victorias o avances importantes de fuerzas de derecha y centroderecha. Pretender explicar cada giro conservador como producto de una conspiración extranjera es negarse a estudiar al elector latinoamericano. Hay preocupaciones por seguridad, economía, corrupción, tamaño del Estado, valores culturales y cansancio con gobiernos que prometieron transformaciones que una parte de la población considera insuficientes o fallidas. Ese debería ser el verdadero problema de Lula y de buena parte de la izquierda: están dedicando demasiada energía a explicar quién les hizo perder y demasiado poca a entender por qué la gente dejó de escogerlos. Porque cuando un político necesita una conspiración para explicar cada derrota, deja de escuchar al elector. Y cuando deja de escuchar al elector, comienza a fabricar su próxima derrota. La democracia tiene una explicación mucho más sencilla que cualquier complot: a veces la gente simplemente se cansa y vota por otro. Y es que en política, nada es casualidad.
ORIGINALES · OPINIÓN DE RRP
La excusa de Lula
La derrota de Lula en Brasil obliga a la izquierda latinoamericana a mirar hacia sus propios errores y a escuchar el creciente malestar de los electores.

